Empatía etaria: rompan más cristos

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Hace unos años caí del techo de una capilla tratando de invertir una cruz. Caí mal y casi me rompo una pierna. Tenía 19 años y muchas ganas de destruir cosas por diversión. Era energético al momento de robar chapas de autos, señaléticas de tránsito, carros de supermercados, muebles de casas piloto, figuras religiosas, plantas ornamentales y besos a hueonas que tuviesen más de tres colores en el cabello.

Era un adolescente lindo, mi piel era suave, mis ojos brillaban más que todas las sirenas de Paz Ciudadana. Tenía el pene mucho más duro y la lengua mil veces más húmeda. Atravesaba la calle sin mirar semáforos, saltaba, corría. Rompía y negaba las enseñanzas de mis padres, me cubría con la negación a lo que me enseñaban profesores y saboteaba cualquier icono de la sociedad. Amaba el caos, la música mala, aspirar neopren, tomar codeína, tener sexo con amigos, tener sexo con amigas, tener el pico como coliflor y beber whiskey en vasos plásticos de cumpleaños.
Rompí y robe muchas cosas. Lo necesitaba, era adolescente, es normal querer mostrar tu verga a la vida y mear el puto sistema y esas cosas.

Conocí muchos como yo, que corrían, rompían y culeaban a la vida misma. Que creían tener el control de sus vidas, que sentían la libertad al beber una cerveza en una pasarela, escupiendo los camiones, rompiendo botellas de Dorada contra los postes.

Era un adolescente de esos que sólo se abandera con ser adolescente: apolítico, ateo, sin un estilo musical definido. Me aburría escuchar hablar sobre ideas políticas. Yo simplemente amaba pasarlo bien y sentirme libre. Sin embargo un día estaba parado en la Alameda, tenía una piedra en la mano y hacía mi corrían dos pacos. Lancé la piedra, que no le pegó a nadie, y corrí. Era genial, lo pasaba tan bien. Creo que reclamábamos por los pases escolares y odiábamos a Mariana Aylwin. Yo me iba caminando al liceo. Nunca usé pase escolar, fui a la protesta a puro pichulear, romper paraderos, entrar a una farmacia a robar jarabes para la tos, sacar cigarros de un kiosko, conocer a una loquita, hacer moneas para comprar una pilsener, chuparle las tetas en el Parque Almagro.
Fue un gran día. Fui a muchas protestas, nunca supe la finalidad de las manifestaciones, fui a huevear porque era adolescente y mi cuerpo me pedía adrenalina, arrancar de los pacos, flirtear.

Luego crecí y me puse fome, bien fome. Maduré, tuve hijos, una casa, un vehículo (la bicicleta cuenta como vehículo) y dejé buenas propinas en bares. Me compré zapatos de noventa mil pesos, teléfonos caros, tragos finos, me incliné por consumir drogas dentro de mi casa, cuidar lo que antes había roto. Recoger basura del suelo, ayudar a personas con menos suerte que la mía.

Enterré, con mucho dolor, al adolescente que era. Quedan algunas actitudes pero ya soy parte de la masa, un caballero más en sociedad que escucha Tele13 Radio, tiene chequera, almuerza en Mamut y en su tiempo libre ve eventos antiguos de WWE.

Generalmente almuerzo con gente de la misma calaña: gente que comenta actualidad, muestra fotos de sus hijos, mira telenovelas y critica a los jóvenes encapuchados que rompen figuras de cristo.

Mi vida gris de administrativo vibró cuando vi que destrozaron el cristo. Mientras mis colegas repudian el acto, yo me sentí tan feliz por esos jóvenes que rompieron la imagen del nazareno.

Sentí que vengaron mi caída del techo de la capilla.

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