Cleverismo: De la iluminación al ocaso

Corrían los primeros años de la década de los noventas, un tiempo de regalos corporativos, regalos corporativos en exceso.

Sin exagerar todo tenía un sponsor: el estuche que contenía mi lápiz porfiado de 7 Up era de Coca Cola, en el tiempo que un simpático sol tomaba la negra gaseosa, el vaso en el que tomaba leche era de Bilz y Pap, Fido Dido estaba en mi polera, mientras yo coloreaba un libro de actividades de Cherry Coke y jugaba con figuras de Los Picapiedras que regalaba Marinela.

Todo parecía indicar que las empresas amaban a los niños, los juguetes de McDonalds, Cola Cao, Chocapic y el resto de los cereales eran de buena calidad, Pepsi nos regalaba unas maravillosas (pero poco articuladas) Tortugas Ninjas, Fritto-Crac y Barcel se peleaban por hacernos poseedores de los mejores juguetes en miniatura. Yo ignoraba las estrategias corporativas y lo ignoré por mucho tiempo.

Fue en 2005, cuando por primera vez supe de que se trataban todos esos regalos, cuál era su intención. Quería entender mejor lo que estudiaba, diseño gráfico, siempre iba a la biblioteca y pedía un libro llamado 100 Años De Cartelismo, entendía entonces cómo diagramar elementos para promocionar, informar, seducir. Sin embargo no entendía lo que había bajo todo este bello arte, en su mayoría soviético. Quise comprender mejor lo que era y llegué a otro libro: NO LOGO.

No Logo destruyó lo que tanto amaba, inyectándome socialismo en las venas, empapando mi cerebro con estímulos anarco-satánicos, que me convertirían más tarde en un piratista. Gracias a Naomi Klein entendí cómo funcionaba este sucio mundo de las comunicaciones, y lo que yo sentía arte, expresión, técnica no era más que armas. Que lo fancy es diabólico, que lo design es superfluo y las grandes campañas son devoradoras de mundos. Comprendí entonces como funcionaba el mundo corporativo, y como necios como yo maquillamos todo para que se vea lindo.

Mucho antes de No Logo, escuché a familiares hablando sobre la oligarquía, me llevó meses entender el término. Entendí cómo funcionaba el país.

Entre el término oligarquía y leer No Logo comprendí cómo funcionaban las religiones, y posterior a No Logo supe el tratamiento que recibía el agua, conocí las malas prácticas en la industria agropecuaria, la maléfica visión de los laboratorios, el negocio del plástico, la avaricia de la medicina, la falacia de la libertad, la condena a animales que se extiende desde el siglo XVII y nadie hace nada, la falsedad del holocausto.

Tan pronto como me fue posible me llené de conocimiento, y no bastaba con leer que las plantaciones de soja mataban la tierra, pues me emancipe en la búsqueda de entender cómo mataba la tierra, llevándome puñados de tierra a la boca. Lo entendí todo, tan claro, que incluso casi pude recordar cómo sabía un pollo antes de que se alimentarán de pollo en lugar de maíz.

Estaba tan enojado con el mundo, tan enfadado con el resto de los ciudadanos y pensé “HAY QUE HACER ALGO AL RESPECTO” Tenía tantas ideas para degollar a los tiranos opresores y vivir en sociedad respirando justicia. No estaba solo, vi gente con consignas, miré a esas personas pronto guardar sus consignas y ser concejales. Escuché canticos en contra de la manipulación genética y la abolición a los transgénicos instalar indoor en sus casas para cultivar semillas modificadas de marihuana. Finalmente logré entender que la gente que realmente lee la biblia lo hace para molestar a los que creen en Dios.

De pronto tener tanta información sólo te hace juntar rabia. De pronto tener tanta información sólo sirve para hacer un extenso comentario con aires de análisis en una sobremesa, incomodando al resto de las personas que simplemente se quieren divertir.

¿Cuántos libros como Malcomidos o documentales como Food Inc has visto, cuán molesto estabas y cómo cambió esto tu vida?

A eso me refiero, amigos. Informarse es llenarse de odio.
Mira tú a esa gente que ve un reality show en un canal de señal abierta, es más feliz que tú y tu gran mundo de información.
Son más felices que yo.
Son más felices que nosotros que nos dedicamos a entender la vida y mirarla desde miles de ojos diferentes para tan sólo sentir rabia y no hacer nada, porque en nuestro entendimiento sabemos que no podemos hacer nada más vender libros, documentales y poleras con conocimiento protestante.

Pues la protesta es un mejor negocio en ocasiones que la experimentación de cosméticos en animales.

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