Te amo y hasta siempre

ipod

Nunca olvido el primer día que lo sostuve en mi mano, tan ergonómico, suave, tierno. Torpemente hice girar la rueda. Me costó acostumbrarme a él, a él le costó acostumbrarse a mis manos necias, de apoco aprendí a tocarlo, a acariciarlo, a hacerlo sentir especial mientras se quedaba en mi bolsillo y mis dedos no estaban en contacto.
Nunca lo lucí como un trofeo pero me gustaba recibir comentarios acerca de él, de lo bien que nos veíamos juntos y del excelente equipo que hacíamos. Un melómano y su iPod, un iPod y su melómano.
¿Podría estar un iPod en mejores manos? ¿Podría un melómano tener algo mejor en sus manos?
Algunas noches íbamos a un bar y nos reíamos de todos, otras simplemente me aburría mirando como se cargaba conectado al USB en el patio toda la noche, sin tener mayor interacción. Lo amaba y más amaba estar con él, sentirlo mío, sentirme de él.
Hoy los motivos por lo que lo dejo no son mayores a la pena que esto me produce, el llanto desconsolado que suena tan horrible, porque como muchos, no soy de las personas que se ve bien llorando, no comprendo el ritmo del llanto, trato de hablar mientras lo hago y me tropiezo en penas, asuntos inconclusos y arrepentimientos.
Éramos tan bellos juntos, sé que se aburrió de mis tres sincronizaciones diarias, que se puso celoso de Spotify, se aburrio de escuchar mi quejidos sobre su poca capacidad de almacenamiento. Pero yo lo amaba, el reflejo del arte de los discos estaba tan mal hecho y era para siempre, como un tatuaje indeseado, pero amaba ese reflejo mal hecho, eran parte de él y amaba todo, la fisura diminuta en la pantalla, la abolladura en el dorso.
¿Cómo es posible que un iPod se aburra de ti? Para partir los dos nos amamos y no queríamos que esto pasara, queríamos ser felices pero al parecer el destino del iPod eran otras manos y el mío otro dispositivo. Ya no lográbamos pasar un buen momento juntos y nuestros problemas parecían una gran ecuación, que talvez no era la gran cosa pero ninguno de los dos sabía resolver ecuaciones porque él era un iPod y yo un burro con las matemáticas.
El hecho es que hoy, yo pretendía pasear y usarlo para pasar un buen rato, sin embargo algo pasó, me enredé con los cables de los audífonos, la pantalla se fue a negro y golpeé mi cara con el suelo al caer, varias veces. iPod no fue capaz de reproducir una canción solicitada por gusto, en lugar de eso y haciéndose el ofendido reprodujo las peores canciones que había sincronizado, grité enfurecido al aparato y lo reinicié a la mala presionando menú y play.
No volvió a encender y lo entiendo.
Ambos estábamos cansados, sigo creyendo que no era lo mejor dejar que nuestros egos marcaran nuestros caminos por separados pero venga, las relaciones con los iPods son así y debo entenderlo, por más que no quiera, por más pena y rabia que me dé.

Te necesito y me duele que ya no estés.

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