IntegraMédica

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Este es mi tercer día consecutivo en el centro médico de Mall Plaza Sur, el guardia-anfitrión ya me saluda con familiaridad y la indiferencia de las chicas en los módulos de pago me hacen sentir en un contexto social ya conocido y explorado. Mis visitas anteriores han sido extensas, realmente no era necesario que así lo fuesen pero mi falta de orientación y costumbre a vueltas innecesarias me han atrapado en el lugar, buscando la salida de manera torpe y agresiva. El guardia trata de hacerme ver el camino, tal como la gente le abre las ventanas a las moscas en el verano.

Hoy no, hoy permanezco sentado, con cada palabra que termino de escribir noto la mala calidad de los muebles de la sala de espera, lo sucio que están, las imperfecciones en el cielo falso, el descoibre en los focos y el mal trabajo que hicieron al tapar la intención de un tragaluz.
La atención aquí es horrible, pero estando en el Fondo Nacional de Salud es a lo mejor que puedo aspirar, en especial porque no pretendo pagar mucho por bienestar, ya se me fue el dinero destruyendo mi salud, no me quedan lucas para recuperarlo. Pese a la frialdad que existe en la atención general hoy por fin me atendió alguien amable, quien no pudo ocultar su tristeza al ver que mis niveles de azúcar en la sangre podrían apuntarse al ser tan elevados. Me sentí feliz, me alegré de que alguien sintiera algo con respecto a mi salud, aunque fuese pena o desaprobación. Sentí algo humano en los comentarios y en la mirada de esa muchacha. No quise evitar enamorarme de ella, desear besarla al despertar, saltar de la cama a preparar el desayuno, darle tres hijos, un perro labrador y un fin de semana en Baños Morales. Amo sentir que la gente es gente, adoro sentir humanidad, gestos de empatía emocional.
Pese a ese destello de luz cálida en este frío, empaquetado y fome lugar, la mañana no ha sido agradable, en especial porque el examen que me realizo hoy requiere que permanezca aquí dos horas, y aunque venia preparado es inevitable ser parte del medioambiente que aquí se produce. Lo siento miles de libros en iBooks, los terminaré de leer durante el desayuno.
Al parecer todos estamos en lo mismo pero de manera individual, es una especie de castigo al que no podemos escapar porque pagamos por vivirlo. Para amortiguar el tiempo, de las 22 personas presentes, 21 tienen teléfonos celulares en sus manos, soy al excepción, no porque no quiera, si no porque llego un holter y no debería tener un teléfono celular cerca del aparato de acuerdo a lo que dijo la niña que ayer instalo en mi cintura el dispositivo. En lugar de un teléfono sostengo un iPad y escribo en el lo que observo. En este momento si nos atacaremos con nuestros artefactos saldría ganando porque el mío es mas grande y la manzana de Apple en mi caso brilla mas.
Recordé que tengo en mi mochila una manzana y que no la puedo comer si no dentro de una hora y cuarenta y tres minutos, me abruma.
Describía el castigo al cual nos hemos sometido, y como de reojo nos miramos esperando que alguno de nosotros abandone definitivamente el salón de espera, para verter el odio en aquel afortunado que escapó primero y se libró de estar tan mal acompañado. Yo estoy cerca de, guardia, porque así tengo una visión global de todo el lugar, a mi lado hay un tipo con una fingida voz grave, una ridícula y fingida voz grave, una molesta, ridícula y fingida voz grave, una patética, molesta, ridícula y fingida voz grave. Sigue un limitado patrón de conducta, cruza las piernas, mira la hora en su teléfono, cambia la pierna de lugar y llama por teléfono a un subordinado para darle instrucciones cada vez más necias, pero se esfuerza en hacernos saber que está al mando. Frente al él, un tipo que viste Dockers pelea en voz alta con la configuración del correo en su iPhone, en ocasiones mira con desaprobación al tipo de la patética, molesta, ridícula y fingida voz grave. El resto de la gente está como yo, aburridos mirando al tipo que habla de UPS y al tipo que pelea con el correo de su teléfono. Las muchachas de los módulos buscan la hora de salida marcando productos que compraran en revistas de cosmética.
No quiero para de escribir, no quiero detenme a pensar en que después de haber gastado una suma considerable de dinero en exámenes, viene un diagnóstico y otra suma considerable de dinero en medicamentos y tratamientos. Me apena sentir que aun no tengo treinta años y que me perdido mi capa protectora de suerte e inmunidad, no sé como ocultar la angustia y me atemoriza que el intento se vea tan mal como el que hicieron aquí anulando el tragaluz.

Aun nadie sale, aun nadie se gana la envidia y admiración del resto. El guardia-anfitrión nos regala la edición del día de Las Últimas Noticias, guardare el ejemplar y lo dejaré junto a los otros dos que tengo, una especie de souvenir de mi visita al centro médico. Hay un niño que está a mi lado, mirando como escribo. Lo odio, además de ser un niño ajeno tiene un problema en la garganta y me habla como un idiota, afortunadamente sólo lo hace a ratos. Temo que mi rechazo lo lleve a hablar con el tipo de la patética, molesta, ridícula y fingida voz grave. Seria insoportable. Los vídeos informativos institucionales de IntegraMédica se han repetido una dos veces ya, haciendo que la percepción de la estadía aquí sea ya eterna, alejándonos de manera brutal de nuestras actividades Vermont. Todos han cambiado el lugar en el que estaban sentados originalmente, salvo yo que tomé el mejor asiento. Imagino que la incomodidad y el dolor de espalda es generalizado.
Traté de unirme a la gente en la lectura del diario, pero rechacé el impreso al abrir una hoja de manera aleatoria y ver la cara de Andrea Hoffman y leer que infectó algo en sus manos para evitar verse lo vieja que es.
Yo aquí, con la ilusión de descartar hipertensión y/o diabetes, pagando dinero que no tengo, siendo atendido como un inmigrante y la puta Hoffman inyectando células muertas en sus manos para ocultar que es una vieja de mierda ¡Puta sociedad!
En un descuido, noto que quedamos 13 personas, el resto debe estar en algún box, porque al estar a lado de la puerta sé que no han salido.
Ya no me caen mal, están aquí conmigo, pagando por una mala atención igual que yo, cuando lleguen a la página en la que Andrea Hoffman muestra sus manos de vieja tendremos un odio en común, también una pregunta en común: ¿Quién mierda es Andrea Hoffman y porque aparecen sus manos en la prensa?

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