Una historia sobre la empatía y los medios de transportes

Esta imagen la robe de flickr, sólo le hice un cambio cromaticoEn las mañanas, a los ojos del mundo, soy sólo un tipo más que llena el vagón de metro. Es aleatorio, nunca elijo mi vagón. Suelo no mirar a la gente, trato de irme junto a la puerta y así concentrarme sólo en la música, últimamente es rock alternativo de los noventas. No debo ocultar mi carencia total de empatía con el resto de la humanidad en el metro ya que nunca voy sentado. El ir sentado es ir atento a quien tendré que ceder mi comodidad. Sin embargo un día mientras viajaba sí me fijé en una persona.

Debo dejar claro que el viaje que realizo es con el fin de llegar a mi trabajo, y para poder realizar mi trabajo me doy estímulos farmacéuticos, no obstante lo que contaré a continuación pasó un día en el que decidí tomar mi “píldora para sonreír” al momento de llegar al trabajo y no antes de abordar el metro.

Si no me equivoco en Estación Central subió una persona de edad, un hombre bien vestido con apariencia bastante decente, son esos eternos hombres de terno. Mi capacidad de indagar en estereotipos me hace pensar que su primera fotografía fue de terno al celebrar algo importante en materia religiosa y que el tipo en cuestión, por un asunto casi obvio morirá dentro de un traje. A las 9:30 AM cuando viajas como sardina es difícil no ver la cara de quien te entierra un codo en las costillas y en mi caso era este viejo quien lastimaba mi caja toráxica. Pasaron las estaciones e inevitablemente enjuicie a quienes iban sentados por no ceder sus puestos, mire quienes viajaban aparentemente más cómodos y me di cuenta que ninguno le daría el asiento. Y fue así hasta que llegamos a Metro Estación Republica, ya que al bajar un tipo el anciano pudo sentarse.

No me importaba cuestionar socialmente a las personas que estando en mejores condiciones físicas no ceden el asiento a un veterano, quedé sorprendido por haberlos enjuiciado. En resumidas cuentas es un humano más en un amasijo de personas que viajan, cada uno con propósitos más inservibles que otros. No tenía porque sentir empatía por esa persona. Por favor no crean que no me permito ser empático, simplemente no suelo serlo, menos con la gente de edad.

Cuando las vías nos llevaban, con grandes pausas, hacia Estación Universidad de Chile noté que el hombre sollozaba, sí el muy bastardo dentro de poco se pondría a llorar y para mi sorpresa NADIE mostraría interés. Cuando una escolar o alguna pareja llora todos los miran por morbo, pero en este caso ni ese hermoso morbo motivó a alguien para que mirara al anciano que parecía una magdalena. El viejo sabía que yo lo miraba, yo miraba la cara de las personas que me pisaban los pies pero estaban idos en ellos mismos, tal como lo hago yo todos los días.

Quise consolarme y pensar que el tipo lloraba de dolor por sus articulaciones, que sé yo, esos dolores que deben sentir los obesos y los viejos al desgastar su cuerpo pero no me sirvió. Necesitaba acercarme y preguntarle si en algo lo podía ayudar pero sentí vergüenza. El tren estaba bajando su velocidad y llegando a Baquedano, lugar en el que haría combinación para llegar a mi lugar de trabajo en Estación Parque Bustamante y en lo que respecta al viejo yo no hacía nada, él me miraba tan de reojo que no me daba tiempo para hacer ni una sola mueca, el tren se detuvo abrió las puertas, me bajé y me sentí un bastardo.

Acto seguido tomé mi píldora, fumé, entré al trabajo, almorcé fideos con carne en un restaurante, salí de mi trabajo, bebí cerveza artesanal en un local. Espero que el viejo haya tenido un buen día también.